“No, lo siento. Me caes
muy bien, me pareces muy simpática y divertida, pero estoy enamorado de otra
persona”
sus palabras resuenan en mis oídos, provocan una sensación que nunca
antes había sentido. ¿cuántas veces se habrán dicho estas mismas palabras?
Aunque siempre he sabido que esta frase es de las que más daño provocan, no me
lo había creído. Pensaba : “bueno, no será para tanto. ¿A todo el mundo le han
partido el corazón alguna vez no? Estas cosas pasan”. Pero cuando lo escuchas,
todo se te olvida. Olvidas quién eres y dónde estas. Olvidas a donde quieres
llegar con una simple pregunta. Lo único que te importa en ese momento es salir
corriendo, y escapar. No te importan las lágrimas que amenazan con salir de tus
ojos, y mucho menos la persona que te las ha provocado y a quien en este momento
odias más que a nadie. No se te pasan por la cabeza las frases que ya has
ensayado una docena de veces, antes en tu casa, por si la temida respuesta
tenía lugar, y de repente, se te olvida sonreír. Ni siquiera te devuelven a la
realidad esos ojos que te miran preocupados, porque crees que su preocupación
es fingida. Puede, y solo puede, que le pegues un empujón, te olvides de las
pesadas botas de esquí que llevas puestas en ese momento, y de los esquís que
cargas al hombro y te escapes, sin saber a donde.
Eso, por lo menos, es lo que
creo estar haciendo yo. Creo que el hombre por el que he suspirado durante tres
largos meses grita mi nombre, pero no me paro para comprobarlo. En estos
momentos, es alguien a quien no me apetece recordar. Toda esta frialdad sin
embargo, desaparece en cuanto estás sola y calmada. En cuanto te sientas, o más
bien te desplomas en la fría nieve, te golpea la realidad. Ese chico, compañero
tuyo de equipo, al que ves todos los fines de semana en los entrenamientos y
con el que te viste obligada a compartir asiento en el bus, te ha rechazado. No
quiere tu cariño, ni tu amor. Simplemente, desea tu amistad. Pero por
desgracia, tu no deseas la suya. Al menos de momento. Y, te rindes. Dejas de
luchar, de contener las lágrimas. Dejas que bajen por tus mejillas y pruebas su
sabor salado. Te enfadas, golpeas lo que tienes más a mano. Luego paras. Y
piensas. En esa persona que, según crees, te acaba de amargar la vida. pasas a
odiarle, y le sacas todos sus defectos. Ves la nieve, y en el mismo lugar en el
que meses atrás dibujaste una pareja de la mano y dos nombres escritos dentro
de un corazón, escribes. Todos los insultos que se te ocurren, que por supuesto
van dirigidos a la misma persona. Gritas y te desahogas, sin importarte quién o
qué te escucha. Y luego te levantas, te limpias los ojos y te alejas. Finges
que todo va bien cuando en realidad estás rota por dentro. Sonríes de nuevo, o
al menos lo intentas, porque aunque en ese momento no lo parezca, la vida
sigue. Aunque no te lo creas, dentro de un periodo de tiempo, volverás a
entablar conversación con esa persona, y aunque al principio las palabras que
salgan de tu boca sean forzadas, dentro de poco pasarán a ser sinceras. Y,
aunque nunca olvides lo mal que lo pasaste la primera vez que te rompieron el
corazón, sigues adelante. ¿ que como lo sé? Porque me acaba de Pasar. El chico
al que quería más que a nada en este mundo, acaba de rechazarme.
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